Droga y mendigos en el centro de Madrid, pese a la fuerte presencia policial

Hay menos. Pero hay. El despliegue policial -tanto de agentes de Policía Nacional como de Policía Municipal- se nota a la legua por todo el centro de la capital. Con todo y con eso, siguen existiendo las esquinas cotizadísimas por los mendigos para su recaudación diaria, los bancos-cama para jóvenes toxicómanos, las puertas de iglesias que son el puesto de trabajo habitual de ciertos indigentes y, también, los pasos peatonales -como el que se encuentra bajo los jardines de la plaza de España - donde establecen su «domicilio», a modo de comuna, drogadictos, inmigrantes y alcohólicos.

Estamos ante otra de las rutas de la exlusión social. Madrid tiene muchas. El centro -la almendra, que dicen los técnicos-, está plagada. La vigilancia policial, insistimos, se ha hecho mucho más visible. Hay coches patrulla cada dos pasos. Están, aparcados y paraditos, en la calle de Preciados, en Callao, en la calle del Carmen, en la plaza de España ...

Los agentes, cumpliendo su misión, patrullan palmo a palmo calles y plazas sin parar. No se dejan ningún rincón. Es lógico, por ello, una mayor «limpieza», con perdón, de colchones tirados en el suelo, de restos de botellas, de desperdicios y de restos de comida esparcidos por la vía pública.

Sin embargo, en plena Carrera de San Jerónimo nos topamos con la primera mujer que pide limosna. Parece de algún país de Europa del Este. Está sentada en la acera. Viste falda larga y blusa estampadas. Las chanclas dejan al descubierto unos pies sucios. En la cabeza, un pañuelo que, en su día, debió de ser de color blanco. No quiere conversación. Le molesta cualquier pregunta por nuestra parte y esconde, como puede, ese vaso de plástico blanco con el que está pidiendo. A media mañana, lo tiene medio lleno de monedas pequeñas; de un euro adivinamos muy pocas.